El legado de Miguel de la Quadra-Salcedo en los jóvenes. 40 años de travesías y su eco en la migración iberoamericana Españoles en el Mundo

Cuarenta años después de que el Aula Navegante de Estudios Iberoamericanos surcara por primera vez el Atlántico, el espíritu de Miguel de la Quadra-Salcedo vuelve a izar velas. Durante cuatro días -del 19 al 22 de septiembre-centenares de antiguos expedicionarios, llegados de cincuenta países, se reunieron en Madrid, Guadalupe y Toledo para rendir tributo a quien hizo de la exploración un aula viva, de la historia una brújula y de la juventud una fuerza capaz de tender puentes entre continentes y sembrar en cada uno/a de los/as expedicionarios/as una semilla de curiosidad científica y de amor por el saber que jamás cejaría.

El I Congreso Internacional de Expedicionarios Miguel de la Quadra-Salcedo, bajo el lema Gracias, Miguel. 40 años Aula Navegante (1985-2025), se convirtió en un ejercicio de memoria de las 31 rutas realizadas por más de 10,000 jóvenes y también de futuro, porque el Aula Navegante quiere volver a inflar de viento sus velas. El evento, auspiciado por Casa de América, el Real Monasterio de Guadalupe y el parque histórico Puy du Fou en Toledo, congregó a más de setecientos participantes -presenciales y virtuales- en un itinerario que evocó el propio trayecto de las carabelas colombinas: de la cuna de la Hispanidad al corazón de España.

En la clausura, Su Majestad el Rey Felipe VI recibió a sesenta expedicionarios en el Palacio de la Zarzuela. “Os doy todo mi apoyo”, afirmó el monarca, comprometiéndose con la continuidad de esta misión cultural que durante 4 décadas unió a miles de jóvenes bajo el estandarte del conocimiento, la cooperación y la identidad iberoamericana. En palabras del propio Rey, se trata de “mantener vivo el espacio de la hispanolusofonía”, ese territorio espiritual donde confluyen las lenguas, las memorias y los sueños de dos orillas.

Entre los relatos que afloraron durante el congreso, resonó con especial emoción la historia de Rosa Alba Tepole, una joven indígena náhuatl, residente en Veracruz que en 1989 escribió al rey Juan Carlos I: “Hola, Rey, yo solo conozco al rey de España por la baraja y no quiero volver a México sin conocer al verdadero”. Su carta, ingenua y la vez poderosa, le abrió las puertas de Zarzuela y le cambió la vida. Décadas después, su hijo Genaro, presente en el Congreso, recogió un premio en su nombre, símbolo del mestizaje y del diálogo intercultural que siempre alentó Miguel de la Quadra-Salcedo.

Las jornadas no fueron solo una evocación nostálgica, sino también un impulso hacia el futuro. La asociación presidida por Sol de la Quadra-Salcedo anunció su propósito de reflotar el Aula Navegante, transformando la evocación en acción. “Queremos volver a cruzar el Atlántico”, proclamaron los expedicionarios, soñando con un barco que vuelva a surcar los mares, guiado por el mismo ideal de fraternidad y conocimiento caminando todos y todas en una misma dirección de transculturalidad.

El legado de Miguel

A más de tres décadas de aquella aventura, Miguel de la Quadra-Salcedo, cuya desaparición física no ha impedido que siga entre nosotros, no se percibe sólo como un guía o un líder de expedición, sino como una figura fundacional en la historia de varias generaciones. A los diecisiete años, cuando sus jóvenes expedicionarios aún buscaban entender quiénes eran, él les mostró, sin grandes discursos, que el mundo era mucho más amplio, complejo y fascinante de lo que podían imaginar.

Miguel de la Quadra-Salcedo

Su forma de mirar la vida, de escuchar culturas distintas con respeto, de enfrentarse al riesgo con naturalidad y de vivir con una intensidad desbordante, sembró una inquietud que aún perdura. Viajar con él no era desplazarse geográficamente, sino mover el eje interno de las certezas.

Gracias a su magisterio, aquellos jóvenes aprendieron que el conocimiento no reside solo en los libros, sino en la conversación con un campesino del altiplano, en el silencio frente a una puesta de sol o bajo un aguacero en Uxmal. Esa educación no reglada moldeó vocaciones, despertó compromisos y enseñó que la duda puede ser una forma de sabiduría.

Y quizá su legado más urgente sea el respeto al diferente. En estos tiempos convulsos, marcados por identitarismos excluyentes y discursos de odio, la enseñanza de Miguel adquiere una vigencia luminosa. Su manera de mirar -más allá de los prejuicios, sin etnocentrismo y con profunda empatía-constituye un antídoto frente a los nuevos fascismos cotidianos.

Recordar hoy a Miguel de la Quadra-Salcedo es recordar una forma ética de ver el mundo. Como un John Berger de la antropología, demostró que observar puede ser comprender, que el viaje puede ser un acto de conocimiento y que la curiosidad, cuando se ejerce con respeto, se convierte en una forma de justicia.

El viaje como metáfora de la migración

Aquellas travesías juveniles también sembraron caminos reales de migración. Blas Vélez, uno de los jóvenes españoles de la Ruta Quetzal, partió con dieciocho años hacia América sin saber que ese viaje cambiaría su destino. Ingeniero de formación, decidió quedarse en el continente y durante dos décadas desarrolló proyectos de infraestructura y cooperación Argentina, Perú, Chile y Venezuela acogieron sus proyectos. Comprendió allí que la ingeniería podía ser también una forma de servicio, un puente entre el conocimiento técnico y la dignidad humana.

Ledda Valdivieso, expedicionaria de Rumbo al Mundo Maya, 1990 realizó el trayecto inverso. Desde Lima, movida por la fascinación de aquella experiencia, llegó a Madrid para continuar su trabajo en el ramo de "Sales y Marketing" en Multinacionales de Tecnología liderando equipos con diferentes backgrounds multiculturales y facilitando el intercambio entre España e Iberoamérica. Su biografía encarna el espíritu del puente atlántico que Miguel soñó: el tránsito constante entre mundos que se reconocen en su diversidad.

Luz Eliana Espinal Peralta, también de la ruta Quetzal del 2007, soñó el camino inverso hacia el viejo continente, y encontró en Hesse, Alemania un lugar desde el cual atisbar un futuro mejor para poder ejercer el derecho, disciplina en la que se licenció en su República Dominicana natal. y para cuyo desempeño debió de realizar un posgrado como maestra en leyes.

En los tres casos, la migración no fue ruptura, sino continuidad: una prolongación natural del impulso que llevó a miles de jóvenes a cruzar mares en busca de conocimiento. En esas vidas se entrelazan la memoria y la esperanza, la herencia y la invención, un mapa heredado y una ruta por escribir.

El mismo impulso que guió las expediciones iberoamericanas - la curiosidad, la búsqueda, el deseo de comprender al otro- es el que hoy empuja a millones de personas a emprender sus propias travesías. En el siglo XV los océanos fueron sendas de descubrimiento; hoy son rutas de supervivencia. Pero ambas comparten la misma pulsión humana: cruzar fronteras para seguir viviendo y encontrar su lugar en un mundo cada vez más pequeño, cada vez menos ancho y ajeno, al decir del escritor peruano José María Arguedas.


Encuentro en Guadalupe

La historia iberoamericana, tejida con hilos de mestizaje, exilio y retorno, recuerda que la humanidad siempre ha avanzado moviéndose. Los pueblos que se reconocen en esa movilidad son también los que mejor comprenden el valor de la convivencia.

Por eso, cuando los antiguos expedicionarios sueñan con reflotar el barco y volver a cruzar el Atlántico, no evocan solo una travesía simbólica. Quieren reafirmar el derecho a la curiosidad, al encuentro, a la mezcolanza de sangres y de almas. En volver a demostrar que el conocimiento y la empatía pueden navegar juntos.

Pero, como siempre, hay un pero: para poder reflotar el Aula Navegante hace falta una importante financiación. De ahí también la realización de este congreso, y por eso fueron convocados los bancos de toda la geografía española, con presencia también de representaciones del otro lado del charco. Sol de la Quadra Salcedo, la hija pródiga de Miguel, ha conseguido que fertilice una simiente de larga data, que difícilmente quedará truncada y, todos/as esperamos  que consiga materializarse con nuevos bríos en un proyecto que quiere volver a instaurar un espacio de fraternidad, conocimiento científico e interculturalidad como lo fueron las 31 rutas realizadas desde 1985.

El legado de Miguel de la Quadra-Salcedo no reposa en los archivos ni en las estatuas conmemorativas, sino en esa eterna travesía que impulsa a mirar más allá del horizonte, con el corazón abierto y la memoria como timón. Porque, al fin y al cabo, migrar, explorar y aprender son verbos de una misma conjugación: la de la humanidad que nunca deja de navegar.

Ezequiel Paz

(Periodista y Expedicionario Rumbo al Mundo Maya 1990)

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