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César Manrique: adalid de la naturaleza

Durante todo el 2019 se celebra el centenario del nacimiento de César Manrique Cabrera, un artista que, desde su nacimiento, ha estado estrechamente vinculado a su isla: Lanzarote

Manrique en su jardín de cactus

Manrique en su jardín de cactus

A 27 años de su muerte su voz volcánica sigue hablándole a la isla y a todo aquel que se detenga a escucharla, recordándole al mundo el deber de mantener a salvo el planeta.

Glosar la figura del lanzaroteño es una labor compleja por tratarse de una personalidad polifacética y dodecaédrica. Hombre de carácter vitalista, locuaz, amante de la naturaleza, activista combativo, este artista navegó las aguas de las vanguardias arquitectónica, plástica y escultórica para convertirse en una figura clave del movimiento ecologista en España.

Nacido en 1919, en una familia culta de Arrecife, fue a la guerra con el bando franquista y, cuando volvió, quemó su uniforme en la azotea de su casa. Estudió dos años en La Laguna y después se marchó a Madrid a hacer Bellas Artes en la Academia de San Fernando de la Calle de Alcalá. Conoció a una mujer llamada Pepi Gómez, se casó con ella y juntos emergieron a la élite del arte abstracto español, aunque al principio contaran con él sólo en exposiciones colectivas.

Pero repentinamente, Pepi Gómez muere y el artista queda devastado. Un primo, psiquiatra, le recomienda un cambio de aires y Manrique se acuerda de los amigos neoyorquinos que había hecho en el pequeño mundo del arte de vanguardia. Manrique era un gran admirador de Picasso, Lorca y Buñuel. De Josephine Baker, Greta Garbo y Marlene Dietrich. Esa sensibilidad primigenia cuajará en Nueva York y lo convertirá en un pintor respetado, llegando a exponer en Houston y la gran Manzana, donde la prestigiosa galería Catherine Viviano lo representó en exclusiva durante cuatro años. El conocimiento directo del expresionismo abstracto americano, del arte pop, la nueva escultura y el arte cinético, le proporcionó una cultura visual fundamental para su trayectoria creativa posterior.

La ética de lo telúrico

Pero en Nueva York, quién sabe si como le pasó a Lorca, sintió también el aherrojamiento que la gran ciudad provoca en los hombres y proclamando que «el hombre no puede vivir como una rata» enfiló la proa de vuelta a su isla natal, consciente de la importancia del silencio, la piedra y el mar.

Aquí, casi sin quererlo, empezó su campaña de sensibilización para que los isleños valorasen y respetasen el estilo tradicional arquitectónico de su tierra. Pronto chocó con los intereses de los empresarios del ladrillo que en los años 80 comenzaban a vivir su “boom” y se radicalizaría hasta colocarse codo con codo con los movimientos ecologistas, utilizando su voz para ejercer de “lobby” frente a las instituciones y el poder empresarial. Lo conseguido por este filósofo del arte y el diseño no fue poco, máxime si hacemos una rápida comparativa entre las islas Canarias. Los vecinos dejaron de utilizar aluminio en sus casas haciendo primar la madera, el Gobierno de Lanzarote erradicó el uso de vallas publicitarias del paisaje y las carreteras y consiguió que se respetara la uniformidad del color blanco y verde de las casas lanzaroteñas alzando fuerte la voz del respeto de la huella humana sobre la tierra volcánica.

Imagen de «Jameos del agua» una de las obras principales de César Manrique

«Jameos del agua» una de las obras principales de César Manrique

Hitos en su obra

Su primera gran obra fue la gruta de los Jameos del Agua, quizás la más espectacular por la estructura natural del tubo volcánico que permitió a Manrique crear un espacio multidiscipinar a la vez que un auditorio para 800 personas en su interior. Lo seguiría el llamado Taro de Tahiche, su propio hogar, de una belleza única y un ejemplo de integración de una vivienda en la naturaleza creado sobre la base de un río de lava azul y negra petrificada. Como tercera obra en importancia está el Mirador del Río, situado en el Risco de Famara, excavado en la roca de un acantilado que antiguamente sirvió de batería de la artillería costera. Ofrece una vista privilegiada del archipiélago Chinijo y está formado por dos cúpulas enterradas para disminuir su impacto ambiental.

En Puerto de la Cruz –Tenerife- está situado el complejo del Lago Martiánez, centro de ocio marítimo formado por un lago central artificial y un conjunto de piscinas naturales que privilegian la piedra volcánica. El conjunto está trufado de una serie de esculturas y monumentos hechos por Manrique para la ocasión.

Cabe decir que César Manrique fue amado y odiado a partes iguales. Sus detractores le afeaban su homosexualidad y su forma hedonista de vivir, lo acusaban de tratar con despotismo a los poderes que se le enfrentaron. Su vida hasta el accidente automovilístico que se la robó a los 73, fue un dechado de fortaleza contra la inercia ciclópea de la industria del turismo de hambrientas y afiladas fauces siempre prestas a la ganancia rápida en detrimento del entorno natural. Por eso, decir que Manrique fue un artista íntegro es incierto por defecto: fue un ideólogo del arte que dejó un legado palpable y respetuoso con el medio ambiente y eso es algo que muy pocos elegidos en el mundo han podido alcanzar.

Ezequiel Paz

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