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Muere Eduardo Arroyo, un artista radical

Considerado uno de los principales representantes de la figuración crítica de contenido político y social, sus obras se exponen en museos de arte moderno de todo el mundo

eduardo arroyo 

Eduardo Arroyo ha fallecido recientemente a los 81 años en su ciudad natal, Madrid, a la que volvió a finales de los setenta tras su exilio de dos décadas en París.

Estudiante de Periodismo, combinó su trabajo de redactor con la pintura y ya desde 1960 vivía de su labor como pintor. Destacó también como escritor y diseñador de escenografías teatrales.

Siempre combativo contra el totalitarismo político y artístico, optó por la pintura figurativa cuando el pop-art aún no estaba en auge, en un momento de dominio de la pintura abstracta.
 

La opción figurativa de Arroyo tardó en ser aceptada en París. Aunque ya había participado en exposiciones, no fue hasta 1963 cuando obtuvo su primer éxito al presentar en la III Bienal los retratos de cuatro dictadores: Hitler, Mussolini, Franco y Salazar.

Su primera clientela más o menos estable fue italiana y gracias a sus ventas a coleccionistas en Italia pudo subsistir en Francia.

El cine negro influyó en parte de su obra

El cine negro influyó en parte de su obra

Las primeras obras también abordaban la España negra, y siempre se caracterizó por reinterpretar los tópicos españoles con toques surrealistas.

Inconformista con el mundo artístico, se preocupó por el compromiso del arte y la vanguardia. Creía que el arte de vanguardia, lejos de cambiar las condiciones de vida, se había integrado en el seno de la cultura dominante y entendía que la vanguardia se había convertido en una prolongación de la moda a la que había que hacer frente.

Es por ello algunas de sus obras son ácidos comentarios sobre figuras indiscutibles de la vanguardia como, por ejemplo, Marcel Duchamp en la serie “El fin trágico de Marcel Duchamp”, (1965).

De Duchamp, pasó a Salvador Dalí y Joan Miró. Realizó una versión de “La Masía” de Miró en la que convierte el huerto en un campo de exterminio, y atacó en otra obra al pintor favorito de Dalí, Velázquez.

A mediados de los años sesenta ofrece una visión violenta de España en obras como “El minero Silvino Zapico es arrestado por la policía” o “El estudiante Rafael Guijarro se tira por la ventana a la llegada de la policía”.

En 1976 volvió a España, ya consagrado no sólo como pintor y escritor, sino también como escenógrafo de ópera y teatro en todo el continente junto a su amigo Klaus Michael Grüber, con el que había debutado en 1969 en el Piccolo Teatro di Milano.

En los setenta había comenzado a abrirse paso también en América, hasta llegar a exponer en el Guggenheim de Nueva York en 1984. Mientras, iba regresando sin acabar de decidirse del todo a España, donde su obra no era muy conocida.

A partir de 1980 lleva a cabo las series “Los Deshollinadores” y “Toda la ciudad habla de ello”. En esta última, explora la noche y vincula su obra con el cine negro. Proliferan por sus cuadros los gangsters, los escaparates, rascacielos, neones y atropellos.

El conocimiento de la obra del artista en España no empezó hasta los años 80 y culminaría con una exposición en el Museo Reina Sofía en 1998. Más tarde, en 2012, pudo presumir de ser de los pocos artistas vivos al que se le habían abierto las puertas del Museo del Prado. Fue con una reinterpretación de “El cordero místico”, de Jan van Eyck.

En el último Hay Festival de Segovia, el pasado mes de septiembre, Arroyo presentó la que ya es su última exposición en vida de pintura, dibujo y escultura. Actualmente, una exposición en Madrid recupera parte de los recuerdos del pintor de sus años de estudio en el Liceo Francés.
Esta muestra del autor, exhibe también cuatro óleos, un collage, y una serie de caricaturas sobre el mundo taurino ya que la tauromaquia, junto con el boxeo, eran sus grandes aficiones.

Pero queda aún mucho material pendiente de este polifacético artista y en enero de 2019 está prevista la publicación en francés de un libro de memorias inspirado en la novela de Agatha Christie “Diez negritos”, en el que hace gala de su particular mordacidad para reinventar una novela que él reconocía como una de sus grandes obsesiones.

Fernando Díaz

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